Memories

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Tras la muerte, el año pasado, de la tía Margarita, una gran pérdida por mucho que contase ya con noventa y dos años, estuve ordenando fotos con mamá. Aparecíamos todos, los abuelos, los primos, la tía Margarita, el tío Ernesto, los tíos Juan y Mercedes, en esa casa del sur de los abuelos en la que pasábamos las largas fiestas escolares, verano, semana santa, pero sobre todo las Navidades, que era cuando nos juntábamos todos, 14, 15. Nunca olvidaré el scalextric que compró el tío Ernesto, que descubrimos un     25 por la mañana, pues era cuando nos ponían los Reyes. Nos levantamos  todos muy temprano y, sin ducharnos ni apenas desayunar, estuvimos toda la mañana jugando a ese viejo sueño ferroviario.

Fue una época dorada la de aquellos años en ese pueblo del sur,  pese  a la horrible coyuntura política. Meriendas de pan con aceite y azúcar o con chocolate, helados de turrón o café, que eran los favoritos del abuelo, el cine de verano, la feria. El abuelo siempre fue un gran lector, y muy pronto me inició en el gusto por la literatura regalándome sus libros o comprándome otros. Así, al empezar el bachiller, ya me tenía leídos a Baroja, Valle, Lorca, Machado, Vargas Llosa, Unamuno, sobre todo este último, uno de mis escritores favoritos, cuya visión agónica del cristianimo me ayudó a despojarme de la escasa fe que pudiera haber tenido.

Recuerdo perfectamente la muerte de Franco. Yo estaba en tercero de EGB, en el colegio de los agustinos de Moncloa, del que tan mal recuerdo guardo. Estuvimos varios días sin colegio, y el abuelo, naturalmente, estaba contento, aunque no ocultaba su  preocupación ante la incertidumbre que se presentaba. En general, las dos ramas de mi familia eran antifranquistas, habiendo luchado varios de los miembros mayores en el bando republicano, con las subsiguientes represalias de rigor. Pero en el colegio los padres estaban tristes, sobre todo Adrián, un viejo que había luchado en la división azul, donde había  perdido un brazo. Yo me quedaba a mediodía a clase de inglés y comía en el comedor, y el pobre hombre se ponía en la puerta y obligaba a los niños a  hacerle el saludo fascista antes de entrar, cosa que nunca hice y por la que nunca tuve represalias.

Nunca sabré muy bien por qué mamá se empeñó en que fuera con mis dos hermanos menores a ese colegio, Marta fue a las carmelitas, pero el clima era de represión, rezos obligatorios, castigos y tortazos a menudo. El sacerdote que nos confesaba, cosa que yo hice poco y a disgusto, pues nunca recuerdo haber tenido fe, me preguntaba siempre si había cometido actos impuros y  yo, con seis o siete años y sin saber lo que me preguntaba ese reprimido, siempre le contestaba que me había peleado con mis hermanos. Pero la gota que colmó el vaso fue una fría mañana de invierno, durante el último curso de primaria, entonces EGB. Comenzó a diluviar durante el recreo, y los chavales nos agolpamos en la puerta de entrada al pasillo, que estaba cerrada. El hermano Julián, que daba inglés y me tenía envidia por tener ya mejor dominio de ese idioma que él, abrió, y se lanzó hacia mí como un jabalí propinándome una bofetada que me tiró al suelo.  Yo me levanté, y siendo ya un adolescente alto y fuerte, me tiré hacia él, pero los compañeros nos separaron. El año siguiente mamá me dejó irme al Instituto Ortega y Gasset, que también estaba cerca de casa, motivo por el que habíamos ido también a los píos padres agustinos. Mis hermanos me siguieron los años siguientes.

Los años de Instituto los recuerdo como los más felices de mi vida. Los profesores tenían un gran nivel, eran amigos nuestros, nos trataban como a iguales, era mixto, en contra de la represión agustina, y en general el clima era sano y de buen rollo. Pese a inclinarme por las ciencias, pues ya sabía que haría arquitectura, cursaba con mayor interés las asignaturas de letras, y los dos últimos años el profesor de literatura, Fernando, allí prescindíamos del don, inauguró una tertulia literaria para los alumnos más interesados y, por supuesto, yo acudía. Leímos cosas como Tiempo de silencio, la Cartuja de parma, el Árbol de la ciencia o la interpretaciòn de los sueños, de Freud. Cuando acabé COU tenía  la agradable sensación de tener la cabeza amueblada.

Los años de arquitectura fueron más duros, claro, nunca se me dieron, paradójicamente, demasiado bien las matemáticas, suspendiendo varias asignaturas relacionadas con el cálculo. Nunca me he considerado un buen matemático, estando más interesado en el aspecto estético de la arquitectura. Allí, en la escuela, pude disfrutar del cine en el cine club, ampliando con los Renoir y Alphaville, a los que iba todos los fines de semana, y de la fotografía, una pasión que nunca me ha abandonado. En cuanto a las chicas, desde primer curso empecé a salir con Ana, que estudiaba filosofía, nos compenetrábamos, éramos almas gemelas, nuestra relación duró todo lo que nuestros estudios, pensábamos casarnos, pero todo se desvaneció de un día para otro, ella tuvo una crisis existencial y decidió dejarlo sin darme demasiadas explicaciones, y me rompí por dentro.

Había unas becas de posgrado para ir a Boston, y no dudé en acogerme a una. Papá me ayudó en lo que me faltaba, los negocios le iban bien, y allí que me fui, a crecer e intentar  olvidarla.

Fue una experiencia inolvidable, el ambiente era genial, pese a ser los años de Bush padre,  USA atravesaba unos años de esplendor. Me empapé de arquitectura, haciendo fotos de todos los edificios victorianos y brutalistas, viajando a otros estados, siempre con mi cámara, y como la beca era para tres años, tuve tiempo para cumpliar el viejo sueño de hacer una maestría en filosofía.

Tuve varias relaciones, tanto con locales como con europeas, pero ninguna me terminó de satisfacer. Digamos que vivo muy cómodo  instalado en una poco  casta soltería.

Al volver a Madrid entré en el despacho en el que sigo, donde sin tener un salario astronómico, vivo bien, tengo un ático en calle del Arenal ya pagado, llego a fin de mes y, en definitiva, mi vida transcurre por cauces tranquilos. Tengo ya terminado el libro sobre el románico francés y español, que me llevó a recorrer las dos rutas, haciendo muchas fotos y tomando notas en cuadernos. La editorial me dio un anticipo generoso, y ya sólo ma falta corregir pruebas.

Por otra parte, hace poco que nos han desconfinado, eso ha sido horrible. Papá  y mamá están bien, estuvieron tranquilos, ya los han vacunado, frisan los ochenta, qué rápido pasa todo, qué poco podemos hacer en la vida, quizá todo se reduzca al recuerdo de esos bocadillos de pan y chocolate de la infancia.


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